4 de noviembre de 2011

Notas en el cuaderno

¿Qué hace falta para darle color a una partida? Además de una buena interpretación, una buena narración por parte del director. A veces hay ocasiones en las que una pequeña introducción a la partida, aunque no tenga nada que ver con la historia general, ayuda a meterse de lleno en la ambientación. Hoy presento unos cuantos relatos ambientales para vampiro. Espero que os guste.





Alexander

La comisaría no era un lugar tranquilo, no era un lugar en el que se pudiese meditar. Sin embargo, Alexander encontraba ese ruido, ese molesto rumor de fondo, un hilo musical que le permitía hacerse cargo de lo que realmente daba de sí el género humano. No había cambiado en absoluto en los últimos ochocientos años.

Separó con la yema de los dedos dos láminas de la persiana para contemplar la escandalosa escena que acababa de llamar su atención. Dos policias uniformados arrastraban a duras penas a un hombre de complexión robusta que se resistía a ser llevado a las celdas, mascullando toda clase de insultos hacia la autoridad en general y hacia una mujer en concreto. El rostro consternado de la muchacha despertó un dolor latente en el pecho de Alexander. Tenía el pelo oscuro, una larga melena ondulada, desdibujada, enmarcando sus facciones. Más allá de sus ojos vidriosos y rojos por las lágrimas, se escondían dos iris verdes que escondían una honda tristeza y decepción, y más abajo, en sus labios fruncidos por el dolor, Alexander descubrió un hilito de sangre.

Entornó los ojos y dejó de mirar por la ventana de su despacho, inspirando profundamente. Era un gesto que no servia en absoluto, no necesitaba respirar, pero se había quedado como una manía y, porque no decirlo, como una forma de evitar levantar sospechas delante de la comisaría entera. Se acercó a la mesa, se sentó en la silla y abrió el cajón del escritorio para sacar una pequeña botella metálica, una petaca plateada. Le dio un trago corto, la bebida le quemó las entrañas y llenó de inquietud su corazón cuando la amalgama de sabores inundó todos sus sentidos.

Pudo oler el aroma de su cabello, pudo sentir el calor de su piel, pudo saborear sus labios, pudo escuchar los suspiros y durante un breve instante, pudo verla sonreir de nuevo. Sin embargo, esa imagen no tardó en desaparecer para ser sustituida por aquellos ojos verdes, llorosos y tristes de ahí fuera. Ojos decepcionados. Horrorizados. Cerró el tapón y se preguntó porqué seguía haciendolo. Porqué guardaba un frasco con su vitae como si se tratase de wishky barato con el que calmar la garganta. Porqué no iba directamente a su casa, la abrazaba y se deleitaba con su sangre caliente envueltos en caricias mutuas.

La respuesta llegó clara y directa a su conciencia, como un latigazo. Ella ya no era ella. Su mente no había podido soportar el abuso de poder ejercido, no había logrado soportar la presión a la que fue sometida. En parte, Alexander había tenido la culpa de eso. Ella solo quería ayudar. Y él había desconfiado de ella. Ahora su Chiquilla era una como niña hambrienta que necesitaba atención constantepara evitar sucumbir ante la Bestia. Miró el reloj, faltaba una hora para el amanecer. Y media hora para que terminase su turno.

- Sargento - unos nudillos tímidos tocaron la puerta de su despacho y Alexander murmuró un adelante. Se inclinó hacia delante recordando dónde estaba y guardó la botella. Mientras cerraba el cajón una muchacha joven de pelo castaño recogido en una coleta entrócon una carpeta de la NYPD en la mano . Por detrás de ella, Alexander vio pasar a los dos agentes controlando a la mula de carga que continuaba con sus protestas, justificando que su mujer se merecía aquel puñetazo y algunos más.- Las fotos del forense, parece que ha encontrado las causas de la muerte para el caso de la chica de la fuente...

Alexander lo vio antes de que ocurriese. Había visto entrar a la agente Richards, había visto al hombre forcejear frente a su puerta detrás de la chica, había visto de reojo la placa y la pistola que ella acostumbraba a llevar en el cinturón y durante un segundo su mente le dibujó la escena. Y tal y como él lo había imaginado, ocurrió. El maltratador iba esposado con las manos delante, ¿cómo no se había dado cuenta de eso antes?Encajó un cabezazo contra la cara de uno de los agentes y fintó hacia ese lado, soltándose de la presa del otro. Alargó las manos hacia la brillante culata que sobresalía por encima de la cadera de Richards y tiró del arma, sacándola de la funda y se giró para apuntar hacia la mujer morena.

Los ojos de Alexander se tornaron rojos, el rostro de la desconocida se mezcló con el de su Chiquilla. Con el de su mujer. Con el de su único amor. No lo pensó demasiado, o al menos no en el tiempo que tarda un humano en pensar algo así. Echó mano de su arma y disparó a través de la puerta con absoluta precisión. Ochocientos años daban para mucho. La bala pasó cerca de la oreja de Richards y ni siquiera la rozó, continuó su camino y alcanzó al maltratador en el cuello, atravesándolo de lado a lado para finalmente acabar incrustada en la pared marcando una perfecta línea recta con su estela. El silencio fue ensordecedor para toda la comisaría, pero no para Alexander, que rápidamente, pero con deliberada lentitud, salió del despacho apartando a una confusa Richards de enmedio y se acercaba al maltratador mientras respiraba su último aliento. Tenía tiempo. Si quería, podía salvarlo. Si quería, podía dejarlo morir. Sopesó ambas posibilidades y a pesar de que tenía ochocientos años de paciencia entrenada, saber que tendría que hacer mucho papeleo para justificar el disparo y no le apetecía tratar demasiado con Asuntos Internos, se decidió por lo primero. Se agachó, con el mismo movimiento se abrió una disimulada herida en la palma de la mano con la uña del pulgar y agarró al maltratador de la cara, tapándole la boca. Lo levantó del suelo sin esfuerzo agarrándolo de la pechera y lo estampó contra la pared, mirándolo fijamente con los iris rojos.

- Bebe - ordenó. Influido por el poder mental de Alexander el hombre probó la sangre del vampiro y la herida de su cuello se cerró sin dejar rastro en el tiempo que las demás personas asimilaban lo que acababa de pasar. Sabía que le quedaba al menos un segundo o dos antes de que alguien se percatase de lo que había sucedido, por lo que descargó un golpe de rodilla en su estómago lo suficientemente leve como para no matarlo pero sí para dejarlo aturdido. - A ver si estáis más atentos la próxima vez - espetó a los uniformados arrojandoles al hombre. Se agachó a recoger la pistola de Richards y se la tendió. - Por algo uso la bandolera en lugar del cinturón - le dijo mientras guarda su propia pistola en la funda que llevaba bajo el brazo. - Llevaoslo de aquí. Dame el informe... - ordenó bruscamente.

- Lo siento... - dijo ella mientras le daba la carpeta.

- No lo sientas. No vuelvas a bajar la guardia - entró como un trueno en su despacho y tras un parpadeo, sus ojos volvieron a ser grises. Sus hombros dejaron de temblar y su juicio se impuso a su instinto. Sus dientes regresaron a su forma original, dudaba que en el revuelo, alguien se hubiese dado cuenta de que sus caninos eran más largos de lo normal. - Richards... - se volvió hacia ella, que guardaba la pistola con manos temblorosas. - ¿Estás bien? - preguntó.

- Sí... sí, sargento - desvió la mirada para ver como se llevaban al hombre a rastras de allí, con la cara pálida y sin voz para seguir insultando.

- Avisa a Morgan y a Quinn, tenemos que seguir con la investigación...

Sebastian

Sebastian tenía un brillo siniestro en los ojos. En todo momento mantuvo el contacto visual con aquel ignorante mortal, no hacía falta ser demasiado listo para saber controlar la mente de un ser inferior. El guardia bajó la pistola lentamente, con la mirada perdida en los ojos del Tremere. Ya estaba echo, pero había que darse un poco de prisa no fueran a entrar todos los guardias en tropel y a él lo pillaran, aunque tal desafío le parecía muy interesante. El vampiro, confiado, sonrió y se dispuso a dar una orden sencilla. Pero la sonrisa se le quedó congelada del mismo modo que la sonrisa de la máscara cuando vio como el guardia de seguridad volvía a levantar la pistola.

¿Había fallado? Imposible, no podía haberse librado de la dominación, había bajado la pistola. El guardia volvió a apuntarle, Sebastian separó los pies listo para saltar sobre él o para intentar esquivar el disparo, no sabía muy bien cual de las dos cosas hacer, improvisar no era parte del plan. Y antes de que pudiera hacer nada, el guardia se puso la pistola en la sien y apretó el gatillo.

El Tremere se quedó bloqueado una fracción de segundo mientras veía como el cuerpo del guardia caía lentamente al suelo. La sangre inundó sus fosas nasales y la Bestia resonó en lo más hondo de su pecho.

Maldiciendo en todos los idiomas que conocía, el vampiro afiló los dientes por puro instinto más que por hambre, viendo como el tipo se desangraba vivo por un agujero en la cabeza.

- Me cago en la puta... - protestó intentando apartar la llamada de la naturaleza que lo conminaba a beberse aquella sangre. Sacudió la cabeza y empezó a correr, saltando por encima del guardia herido.

¡Pum!

Sintió una dolorosa punzada en lo que antes había sido un pulmón que servía para respirar pero que ahora era un simple órgano que allí estaba para molestar más que para otra cosa. Trastabilló y se dio de bruces contra el pulido suelo de mármol, con un agujero de bala en el pecho. ¿De dónde coño había salido aquel disparo? Por... ¿detrás?

Lucrecia

La ventana abierta dejaba entrar una brisa nocturna refrescante, meciendo las cortinas de gasa blanca, creando una imagen fantasmal a la pequeña habitación. El vampiro, sentado sobre el alféizar, observaba el hermoso cuerpo de la vampiresa que se mecía en su letargo, estirada en la cama. Realmente era hermosa, incluso aunque pareciese un cadáver, tan inmóvil y quieta. Cuando observó que ella dejaba atrás el profundo sueño al que todo vampiro caía durante el día, se aproximó a la cama.

Ella se desperezó graciosamente y el vampiro agarró una esquina de las sábanas y lentamente deslizó la tela para descubrir el cuerpo de la cainita. Cuando la muchacha sintió el roce de las sábanas se percató de la presencia del vampiro... y trató de gritar.

Pero el vampiro ya estaba prevenido contra eso.

Se abalanzó sobre ella y le tapó la boca. Ella se retorció tratando de escapar y sintió que algo frío y viscoso la agarraba por las muñecas. De reojo vislumbró formas oscuras, como tentáculos, reptando por encima de la cama para agarrarse a sus brazos, para inmovilizarla. Intentó liberarse haciendo uso de su sangre, pero el vampiro, arrodillado sobre ella, era más fuerte, más poderoso, y aunque con una sola palabra podría dominarla, prefería el esfuerzo físico de tener que someterla.

Así que aunque Lucrecia cerrase los ojos para evitar la dominación, ya era demasiado tarde para evitar lo que iba a ocurrir.

- Pequeña mía... - susurró su Sire al oído de la Lasombra. - Te he encontrado por fin...

Pedro

Un hombre estaba de pie en medio de una enorme habitación, con gesto pensativo y la cama, de sábanas rectas y perfectamente planchadas, llena de fotografias. Se había quitado la chaqueta, que ahora colgaba del respaldo de una silla de madera tapizada en azul sin que se le hiciera una sola arruga. Los botones de las mangas de su impoluta camisa blanca estaban sueltos, y los dos primeros botones del cuello estaban abiertos. No se había quitado los zapatos, y estos resonaban sobre el parqué cuando caminaba desde la puerta de la entrada a la ventana, justo al otro lado de la habitación. Se sentó en el sillón y puso en marcha la grabadora de voz mientras cogía una de las fotografias y estudiaba el informe que tenía en la otra mano.

- Según la autopsia, la muerte se produjo por la falta de sangre. El forense detectó en la herida del cuello un enrojecimiento que indica que antes de producirle el corte, fue estrangulada con una cuerda o con un pañuelo. Posteriormente se utilizó una herramienta de bordes aserrados para producirle el desangramiento. No estaba drogada, y en la casa no había signos de violencia. El forense tampoco encontró más señales significativas en el cuerpo. Al menos, no a simple vista... - dejó de grabar y miró la foto, dónde una mujer morena permanecía tendida sobre un charco de su propia sangre. Permaneció pensativo unos minutos y dejó la foto, para después coger la siguiente. Estaba acostumbrado a este tipo de imagenes, por lo que de forma mecánica activó la grabadora y siguió registrando datos. - El cuerpo del empleado de la limpieza fue atacado dos veces en el cuello, por el desgarro y la forma todo parece indicar que fue mordido. El volumen de sangre recogido en la escena no se corresponde, faltan al menos dos litros de sangre que no están en el cuerpo de la víctima ni en el suelo, dónde debería...

El teléfono interrumpió la disertación del hombre, que dejó de grabar y rebobinó para, posteriormente, volver a grabar sin que hubiera ningún timbrazo en la cinta.

- Diga - no era una pregunta, más bien parecía una orden.

- Lamento molestarle, señor Sanguino, pero aquí hay una persona que desea hablar con usted. Dice que es el detective Connor, y quiere hablar de un asunto oficial con usted...

El hombre se mantuvo unos segundos callado antes de responder.

- Estaré abajo en dos minutos - y colgó.

Se ató los botones de las mangas, luego la camisa y finalmente, se puso la chaqueta. Antes de salir, se colocó el alzacuellos y bajó a la recepción.

Paul

Esta gente eran unos putos aficionados. La torturadora no tenía ni idea de con quién se estaba metiendo y tampoco tenía ni idea de con quién estaba jugando. Podía escudarse detrás de una versión grotesta de Padrinos de Coppola, pero eso no la salvaría de sufrir un destino aún peor que el que ella le estaba haciendo pasar. Aún con todo, la puta no le había hecho ni una sola pregunta. Se había limitado a torturarlo de forma sistemática y él, como buen soldado, se había limitado a callar. Eso enfadó muchísimo a la Giovanni, que, sintiéndose creativa, buscaba la forma de hacerle daño, mucho daño. La perra no hacía más que chillar de frustración, ensañándose con su carne, obligándole a beber para que regenerase sus heridas y entonces, vuelta a empezar otra vez...

Él tenía la cabeza en otro sitio. Era mejor así. Tras una hora, consiguió concentrar su mente en otros tipos de dolor que había sufrido, no solo físicos, sino también espirituales. Estos dolían más. Allá por 1943, en Japón, por ejemplo. Durante la guerra. Los europeos se quejaban de los nazis. Pero los japoneses eran unos auntenticos cabrones. Recordaba a la chica que conoció estando de permiso, una oriental morena muy bonita; recordaba lo que los japonenes le hicieron a su prometida para obligarle a revelar secretos del estado; recordaba haberse negado a hablar por el bien de su país. Ella se suicidó mordiéndose la lengua, después de haber sido atada al suelo y atravesada con hierros durante una semana. Él sabía que ella no se lo reprochaba, pero la culpa no iba a desaparecer así como así.

Lo de ahora no tenía punto de comparación con aquello. La zorra se limitaba a abrir surcos en su piel, no entraba más allá de la carne. Los japoneses habían llegado a torturar su alma sin hacerle sangrar. Durante el rato que ella, cagándose en toda su estampa, abandonaba la sala de torturas para hacer vete a saber qué, Paul se relajó y no pudo evitar derramar unas lágrimas. Con toda la sangre que había en su cara nadie iba a notarlo. Un momento íntimo de debilidad que nadie más compartiría con él. Ni siquiera su compañera. Mucho menos el Primogénito. Ni tan siquiera la monada de la Toreador se molestaría en preguntarse cómo se encontraba. Así que, con este percal, no podía esperar ayuda.

Pero tampoco podía suicidarse mordiéndose la lengua. Era el inconveniente de ser vampiro.

La Giovanni regresó una hora después, con una sonrisa de sucia satisfacción en la cara y una pistola de clavos en la mano.

Violeta

El Primogénito Tremere entró en el cuarto de Violeta. Ella estaba sentada en la esquina de un hermoso sofá de tapicería roja con bordados en oro, con la espalda rígida, el rostro fijo en el infinito y las manos sobre el regazo. Tenía el pelo húmedo, iba cómodamente vestida con una bata de baño color crema, se había dado un baño de agua caliente para borrar los restos de sangre de su blanca piel; asimismo, von Werhler había dispuesto para ella la vitae de su reserva en una jarra de cristal, junto con varias copas. Violeta había bebido con cierta compulsión, el recipiente de cristal estaba casi vacío, pero todas sus heridas habían sanado perfectamente, aunque la pierna todavía le dolía un poco. Los huesos tardaban un poco en soldarse, ella lo sabía bien. Observó como Franz, en lugar de dirigirse directamente a ella, empezaba a caminar de un lado a otro con gesto enfadado.

- Eres una inconsciente - dijo al cabo de un rato, deteniéndose y mirándola frente a frente. - Por muy Primogénita que seas, si alguien hubiera descubierto lo que eres, el Príncipe no hubiese tenido piedad contigo. ¿Lanzarte a la carretera contra un coche? ¿Sabes lo que nos va a costar borrar semejante rastro? Habría sido más fácil si hubieses decidido suicidarte tirándote al Támesis, es lo que hacen las mujeres, aunque hubiese sido mucho menos efectivo, no hubiera sido tan escandaloso... - sus palabras resultaban dolorosas para la Toreador, que mantenía la mirada fija en un punto detrás del vástago para evitar mirarle directamente. Se sentía muy avergonzada de sí misma y de su actitud. - Lo haces para llamar la atención, ¿verdad? Quieres ser el centro de atención siempre...

- ¡Claro que no! - estalló de pronto.

- ¿¡Entonces por qué lo haces!? - exclamó él. - ¿Qué tipo de diversión encuentras rajándote la cara y las entrañas con un trozo de espejo? ¿O tirándote por un sexto piso? ¿O lanzándote contra un coche en marcha?

- No es divertido...

- ¡Pues no lo hagas! - zanjó el Tremere agarrándola por los hombros. - ¿Todo esto es por él? ¿Por qué no te corresponde? ¿Por qué un burgués malcriado y sin decencia está obsesionado con otra mujer? - preguntó de forma acusadora.

- No, no es por él - se defendió, mordiéndose el labio con rabia. En sus ojos apareció una sombra de tristeza y una lágrima carmesí se deslizó por su pálida mejilla. - Es porque... porque... - hizo un esfuerzo por contenerse, pero ante la insistencia de Franz, Violeta no pudo contenerse. - ¿Qué hay de lo que yo quiero? - preguntó ella, con los ojos desbordados por el llanto. - Toda mi vida he hecho lo que otros han querido que hiciera, nadie me dejó elegir, escogieron por mi, hasta tú estás eligiendo por mi. No me dejas hacer lo que quiero - lo empujó para apartarlo de ella, para ganar algo de espacio, se estaba sintiendo agobiada. Se levantó y se acercó a la ventana, para mirar por ella las luces de la ciudad.

- ¿Y qué quieres hacer? - el vástago volvió a la carga, lentamente, situandóse tras la Toreador. - ¿Quieres morir? ¿Quieres que ese niñato de Constantine te adore y te bese los pies? ¿Quieres un baño de sangre? ¿Un criado, un esclavo, un perro? ¿Niños de los que alimentarte...? - Violeta se giró hacia él enfurecida.

- ¡No quiero nada como eso! - gruñó con los dientes afilados, fuera de sí. Franz dio un paso a ella fulminándola con la mirada y empezó a acosarla sin piedad.

- Entonces, ¿qué quieres? ¿Sexo? ¿Un amante? ¿Dos? ¿Cinco? ¿Unas manos que te desnuden, te toquen, te acaricien? ¿Unos labios calientes y mortales que te besen? - la cainita retrocedió cuando el vampiro estrechó la distancia, aprisionándola contra la ventana, apoyando ambas manos contra el cristal para no dejarle espacio por el que huir. - ¿O prefieres una mujer y te da vergüenza pedirlo? He visto como mirabas esta noche a mi subordinada Ivy, ¿es que ella te gusta? Puedo conseguirtela si es lo que quieres... aunque te advierto que las mujeres son más traicioneras que los hombres.

Violeta estalló de rabia. El Tremere estaba preparado para algo así, llevaba golpeando la colmena desde hacía un tiempo, solo que las abejas habían tardado más de lo esperado. El rugido de la Toreador se mezcló con el suyo propio, los ojos de ambos se habían teñido de rojo y la sangre del Tremere salpicó la tapicería del sofá cuando Violeta le lanzó un tremendo golpe con la mano abierta en toda la cara. Pero Franz sonrió, divertido y miró a la Primogénita al tiempo que las heridas de la mejilla se cerraban.

Y entonces, Violeta se lanzó a sus brazos.

Franz retrocedió sosteniendo el perfecto cuerpo de la Toreador mientras la besaba de forma apasionada, ella correspondía con fogosidad, devorándolo. Con un movimiento rápido la tumbó en su cama, retirando la tela que la cubría como si de papel de regalo se tratase, observando la hermosa y sublime desnudez de la jovencísima mujer que tenía delante. Podía tener más de cien años, pero sus formas eran las de una muchacha en la plenitud de la vida. Se quedó absorto mirándola y luego se hundió en sus brazos, se perdió entre sus curvas, besándola primero en los labios, luego el cuello, sus pechos, su vientre...

- Bésame, Franz - suplicó con un arrullo. Y Franz la complació besando sus labios y acariciando sus piernas.

***

1 comentario:

  1. Wow, que artículo mas largo.

    Me buscaré la manera de ponerlo en PDF para imprimirlo y poder leer tranquilamente los relatos.

    Un saludo!!

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